Estirando El Alero

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a través de este nuevo medio informativo;

que defiende los derechos sociales y culturales con un discurso crítico no partidario. Siendo su objetivo ser un espacio de referencia regional, donde la información y cultura se retroalimentan.

 

 

Los libros estaban en un estante del inmenso mueble que había en el comedor de la casa de la calle Banfi, eran pocos. Hay uno que veo, “La penúltima versión de la Colorada Villanueva” de Marta Lynch, estaba con otros que no puedo visualizar. Eran libros de mamá. Nunca lo leí pero recuerdo su tapa, una cara de mujer con lentes, grandes, y su título que abarcaba media tapa, en letras rojas sobre un fondo amarillo, el fondo era el contorno de una foto.

Voy un poco más atrás en el tiempo. La casa es la de la calle Sarmiento. Ahí no recuerdo libros, recuerdo a D’Artagnan, El Tony, Fantasía, Intervalo, todas esas revistas con las que aprendí a leer, fascinado con sus historias y con Robin Wood, el paraguayo que nos enseñó a leer ficción a millones. En esa época también estaban los libros de Iridium, que eran algo así como una versión berreta de la colección Robin Hood. Yo leí los de Iridium.

En América estaba la biblioteca municipal pero no fui un visitante asiduo. No entendía que me estaba convirtiendo en lector y la biblioteca no era un lugar atractivo para mí.

Mi primer libro, o yo creo que fue el primero fue “El juramento de Davy Crockett” de Jean Murray de Iridium, en su tapa esta Davy en su tordillo, vestido con su ropa de cuero y un sombrero de Mapache o Zorrino, o algo parecido, cazando un bisonte, a lo lejos un indio asoma con su lanza. Me lo regalaron para un cumpleaños de 10 u 11 años y todavía lo tengo.

No sé de dónde viene el gusto literario, y no me importa mucho y hay tantas formas de comenzar a leer como lectores haya, en mi caso mis lecturas fueron aleatorias, leía lo que había, así recuerdo dos libros de Charrière de Papillon, algún otro libro de principios de los 80, todos de Emecé y que integraban esa pléyade denominada Best Sellers. Ese fue mi inicio como lector. Enseguida llegué a Wilbur Smith, a quien amé. Los Ballantine, los Courtney, El mago egipcio Tata, ¡que fantástico contador de historias Wilbur Smith! Algo que recuerdo es que todos sus libros estaban dedicados a Daniele, con amor, hasta que luego de 30 años de repente en alguno cambió la dedicatoria a alguien que no recuerdo su nombre. Ese hecho me hizo pensar que el amor no es eterno, o puede no serlo.

En los libros nunca busqué verdad, o conocimiento, o la palabra santa. A mis quince años ya defendía mi ateísmo con pasión, seguramente por el placer de oponerme a lo establecido, no fue hasta mis veintipico, que, luego del cáncer, me convencí efectivamente que no creí en nada. De todos modos, cuando subía a un avión, antes de despegar rezaba un padrenuestro y un ave maría de manera vergonzosa, tratando de que nadie me vea, pero lo hacía con la actitud del abuelo del genial científico argentino Marcelino Cereijido, autor de algunos libros geniales: “Hacia una teoría general sobre los hijos de puta” con un subtitulo sesudo para bajar que dice Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad. Y el imprescindible “Elogio del desequilibrio”. El abuelo era ateo, pero cuando pasaba por la iglesia se persignaba y el niño Marcelo le preguntaba:

-Pero, abuelo, ¿por qué te persignas si no crees?

A lo que Don Cereijido contestaba

-Por las dudas de que esté equivocado. No me cuesta nada.

Los libros estaban en un estante del inmenso mueble que había en el comedor de la casa de la calle Banfi, eran pocos. Hay uno que veo, “La penúltima versión de la Colorada Villanueva” de Marta Lynch, estaba con otros que no puedo visualizar. Eran libros de mamá. Nunca lo leí pero recuerdo su tapa, una cara de mujer con lentes, grandes, y su título que abarcaba media tapa, en letras rojas sobre un fondo amarillo, el fondo era el contorno de una foto.

Voy un poco más atrás en el tiempo. La casa es la de la calle Sarmiento. Ahí no recuerdo libros, recuerdo a D’Artagnan, El Tony, Fantasía, Intervalo, todas esas revistas con las que aprendí a leer, fascinado con sus historias y con Robin Wood, el paraguayo que nos enseñó a leer ficción a millones. En esa época también estaban los libros de Iridium, que eran algo así como una versión berreta de la colección Robin Hood. Yo leí los de Iridium.

En América estaba la biblioteca municipal pero no fui un visitante asiduo. No entendía que me estaba convirtiendo en lector y la biblioteca no era un lugar atractivo para mí.

Mi primer libro, o yo creo que fue el primero fue “El juramento de Davy Crockett” de Jean Murray de Iridium, en su tapa esta Davy en su tordillo, vestido con su ropa de cuero y un sombrero de Mapache o Zorrino, o algo parecido, cazando un bisonte, a lo lejos un indio asoma con su lanza. Me lo regalaron para un cumpleaños de 10 u 11 años y todavía lo tengo.

No sé de dónde viene el gusto literario, y no me importa mucho y hay tantas formas de comenzar a leer como lectores haya, en mi caso mis lecturas fueron aleatorias, leía lo que había, así recuerdo dos libros de Charrière de Papillon, algún otro libro de principios de los 80, todos de Emecé y que integraban esa pléyade denominada Best Sellers. Ese fue mi inicio como lector. Enseguida llegué a Wilbur Smith, a quien amé. Los Ballantine, los Courtney, El mago egipcio Tata, ¡que fantástico contador de historias Wilbur Smith! Algo que recuerdo es que todos sus libros estaban dedicados a Daniele, con amor, hasta que luego de 30 años de repente en alguno cambió la dedicatoria a alguien que no recuerdo su nombre. Ese hecho me hizo pensar que el amor no es eterno, o puede no serlo.

En los libros nunca busqué verdad, o conocimiento, o la palabra santa. A mis quince años ya defendía mi ateísmo con pasión, seguramente por el placer de oponerme a lo establecido, no fue hasta mis veintipico, que, luego del cáncer, me convencí efectivamente que no creí en nada. De todos modos, cuando subía a un avión, antes de despegar rezaba un padrenuestro y un ave maría de manera vergonzosa, tratando de que nadie me vea, pero lo hacía con la actitud del abuelo del genial científico argentino Marcelino Cereijido, autor de algunos libros geniales: “Hacia una teoría general sobre los hijos de puta” con un subtitulo sesudo para bajar que dice Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad. Y el imprescindible “Elogio del desequilibrio”. El abuelo era ateo, pero cuando pasaba por la iglesia se persignaba y el niño Marcelo le preguntaba:

-Pero, abuelo, ¿por qué te persignas si no crees?

A lo que Don Cereijido contestaba

-Por las dudas de que esté equivocado. No me cuesta nada.


                                                                                                                                       PABLO ROSOLEN

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Lucía G. Hernández

MP 990

 Licenciada en Psicología 

Psico-oncología

Contacto: 2302 626231
General Pico, La Pampa

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