Estirando El Alero

"Alero Digital" es un nuevo medio comunicacional que busca analizar críticamente la realidad social, de manera independiente.
Los 65 años de historia del Centro Cultural, se enfocan en promover la producción artística, con transparencia y participación comunitaria

a través de este nuevo medio informativo;

que defiende los derechos sociales y culturales con un discurso crítico no partidario. Siendo su objetivo ser un espacio de referencia regional, donde la información y cultura se retroalimentan.

 

 

La Insomne se presenta en tercera persona (por eso de la "objetividad")

Escribe cuando la ciudad baja la guardia, cuando el último aplauso ya es un eco y los programas de mano se arrugan en los bolsillos. No duerme, porque algo le aturde la conciencia: una frase mal puesta, una actuación celebrada de más, una metáfora que prometía y no cumplió. Ese desvelo es su ética.

 

Tiene la edad de quien ha visto repetirse los gestos del arte hasta aprender a desconfiar de ellos. Su elegancia es mínima. Es cafeinómana. Toma muy pocos mates y eso ya la vuelve sospechosa. Algunas la consideran una oveja negra (todavía no descubrió si aluden a Augusto Monterroso o a Ítalo Calvino)

 

Frecuenta teatros, galerías, lecturas. No busca primeras filas; prefiere el lateral. 

 

Su prosa es breve, casi siempre filosa. Puede reconocer una belleza con la misma intensidad con la que señala una trampa. Tiene una regla íntima: no escribir jamás contra alguien que haya intentado algo verdadero. La impostura, en cambio, la irrita. 

 

Sus textos circulan, se comentan, incomodan. Algunos le temen; otros la leen a escondidas, otros la envidian, otros la defenestran. Suele no responder. Su silencio también es un juicio.

 

Se sospecha que es docente, que viajó, que amó el jazz y la poesía, que alguna vez escribió de otro modo, más ornamentado, y se cansó. La Insomne se depuró hasta quedar en hueso y nervio: lo imprescindible.

 

Firma así: La Insomne.

 

Y deja, al final, una línea que no cierra.

 

"Si la obra no resiste la madrugada, tal vez nunca existió."

 

“Para rechazar algo, primero hay que mirarse en el espejo”.

 


 

 

Un poema de regalo:

 

JUDAS (E. D. Izaguirre)

 


 

 

Soy Judas, el traidor,

 

y te di más que todos,

 

yo te di más que amor.

 

Para ellos la merced del heroísmo

 

y la docilidad de serte fieles,

 

porque ellos no afrontaron tu mirada

 

allá en Getsemaní.

 

Ojalá me hubieras dicho: «Te comprendo,

 

lo estás haciendo bien. Ánimo, Judas».

 

Ellos navegaban en barcas

 

que el prodigio salvaba de mareas tenaces,

 

yo me hundí hasta tocar fondo en los abismos

 

de este mar de ser hombre y acordarse.

 

Todos vieron los clavos y lloraron,

 

yo te inmolé para que amanecieras.

 

Convocaron a tantos para el drama,

 

Caifás, Anás, Herodes y Pilatos,

 

por qué también a mí. Yo te quería.

 

Por qué habrán acuñado las monedas,

 

por qué las profecías.

 

Por qué el árbol aciago

 

como un ojo hechicero reclamándome

 

desde la sangre intacta de la Biblia.

 

Soy Judas, el traidor,

 

el que mejor cumplió con su destino.

 

El que entregó al que amaba. Por amarlo.

 

 

 

LA AUTENTICIDAD

Ella defiende la autenticidad como quien defiende una llama en medio del viento. No por romanticismo ni por rebeldía deliberada, sino porque ha comprendido —muy temprano y a un precio alto— que sólo en ese espacio de verdad se respira.

En su vida, la autenticidad es una postura. Camina con la extraña naturalidad de quienes no están interesados en agradar, sino en estar. Y esa forma de estar, tan poco complaciente, inquieta. No faltan quienes la miran con desconfianza, como si su franqueza fuera un acto de agresión. Otros la acusan de imprudencia, de desobediencia, de no saber "ubicarse". Pero ella sabe que todo eso no es más que el temblor de los que temen quedar expuestos ante alguien que no necesita máscara.

Aprendió que la autenticidad incomoda porque desarma. Es un acto de misericordia: consigo misma primero, con los demás después. Porque sabe que la mentira —la social y la íntima— es una costumbre contagiosa, y que cada máscara sostenida es una derrota. Su defensa de la verdad personal no es perfecta ni heroica. Es lúcida. Había fingido lo suficiente en su vida como para reconocer el desgaste que deja el disfraz.

Por eso persiste. Aunque la traten de exagerada. Aunque la etiqueten de “difícil”. Aunque su claridad sea interpretada como violencia.

Cuando, a veces, alguien se acerca y le pregunta por qué insiste tanto en ser así, responde:

—Porque prefiero pagar el precio de la verdad que llevar el costo interminable de la mentira.

Y sigue su camino, para demostrarse que la autenticidad puede ser un refugio, una resistencia y, en épocas tan hipócritas, la más luminosa de las desobediencias.

Es una vibración, un modo de estar en el mundo sin plegarse al guion de lo aceptable. Allí donde reina la apariencia, la autenticidad avanza como un hilo de agua entre las piedras, sin fuerza, pero invencible, abriendo espacio por pura fidelidad a sí misma.

INSOMNE

 

-¡ADVERTENCIA!

A visitantes normales(sujetos a norma), a quienes carecen de fe, a quienes creen(¿Hay vida en Marte?) y a quienes ejercitan la lectura con poca luz: La intención de esta columna es aportar al caótico mundillo musical desde una mirada… ¡La mía!

 

Una reflexión sobre Juan Panadero

Entonces ¿La igualdad está pensada como una esencia o como una relación entre dos o más elementos? ¿Es la igualdad la posibilidad de acceso a oportunidades que posibilitan el alcance de posiciones de privilegio que legitiman y perpetúan las desigualdades? En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1848, se determina que los hombres son iguales en «dignidad». Es un punto razonable y conciente. Entonces, al poner como fundamento y límite de la igualdad a la razón y la conciencia, ¿No se extiende indefinidamente la desigualdad con los otros seres vivientes?

Si estamos de acuerdo en que la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es claro que según el derecho natural, cada uno debe estimar y tratar a los otros como seres que son naturalmente iguales a él… Entonces, afirmar la igualdad entre los hombres en función de su naturaleza ¿Implica necesariamente establecer un límite, una frontera, una separación que sostiene la desigualdad con el resto de los seres vivientes?

 

Proletario: el término proletario proviene del latín proletarius, derivado de proles (descendencia o hijos).  En la antigua Roma, designaba a los ciudadanos de la clase más baja, registrados como capite censi. Fue el nombre que se les dio a las gentes que estaban juntas y entre, entre muchos nombres, identidades y status: entre la humanidad y la inhumanidad; entre la ciudadanía y su negación. Si la igualdad es la construcción de lo colectivo, ¿Podemos pensar que si bien consiste en la distribución de medios y oportunidades, es siempre un principio político? ¿Se puede considerar la igualdad manifestándose como una posición de impotencia y la incapacidad de actuar como agente propio de su existencia?

El término capite censi es una expresión latina que significa literalmente "los censados por cabeza" (o per cápita). En la Antigua Roma, designaba a la clase más baja de ciudadanos, quienes carecían de propiedades suficientes para ser evaluados por su patrimonio y, por tanto, solo eran registrados en el censo por su número personal. El concepto se remonta a las reformas del rey Servio Tulio (siglo VI a.  C.), que clasificaba a la población según su riqueza para fines militares y fiscales. Eran ciudadanos sin bienes o con un patrimonio insignificante (inferior al umbral de los 1.500 ases), lo que los eximía del servicio como infantería pesada y del pago de impuestos directos, aunque podían servir como remadores en la armada. Inicialmente asimilados a los proletarii, se distinguieron posteriormente al carecer de cualquier propiedad apreciable. Su integración masiva en las legiones por Gayo Mario (alrededor del 107 A.C). transformó el ejército romano, vinculando la lealtad de los soldados a sus generales y contribuyendo a la crisis de la República. Carecían de propiedades y la única contribución al Estado era generar prole para engrosar los ejércitos. En el siglo XIX, Karl Marx y Friedrich Engels recuperaron el concepto en el Manifiesto Comunista (1848) para definir a la clase obrera capitalista: trabajadores que, al no poseer medios de producción, solo pueden ofrecer su fuerza de trabajo y su descendencia para sostener el sistema. 

 

¿Cómo le iban a robar?

Ni queriendo, a Don Juan Riera

Si a los pobres les dejaba

De noche la puerta abierta

Si a los pobres les dejaba de noche la puerta abierta“

 

Cualquiera” alude como palabra,     a una  persona de poca importancia, vulgar o indigna de consideración. El significado de persona, es “máscara”. He confundido muchas veces la palabra “equidad” con igualdad… La palabra equidad proviene del latín aequitas, derivado de aequus (igual, justo) y el sufijo -dad (cualidad), cuyo significado etimológico original es igualdad de ánimo, ecuanimidad o imparcialidad. Para los griegos el término latino traduce la idea de epiekeia, que implica razonabilidad, moderación y la virtud de recibir lo que corresponde. En concepto, significa la cualidad de tratar con justicia a las personas, otorgándoles lo que les corresponde por sus méritos o circunstancias particulares. En el derecho, representa la interpretación moderada y prudente de la ley, permitiendo al juez ajustar la norma al caso concreto para lograr una justicia más profunda cuando la ley general resulta insuficiente.

¿Podemos ejercer una mirada social igualitaria? ¿Podría decirse que es posible restablecer la igualdad en la que los hombres nacen, pero en la que no pueden permanecer sino gracias a la ley?

Dicen que Juan Riera era ácrata. ¿La formación académica en leyes de “Cuchi” Leguizamón pudo haber influido en la letra de Manuel J. Castilla lo suficiente como para legitimar la desigualdad?

“Cualquiera” no es un pobre… El pobre es un semáforo que se enciende para alertarnos sobre las consecuencias de la igualdad… brilla… en blanco y negro...

 

 

Marcelo Aromando
 

Cuando el mercado decide qué libros merecen existir

Cada tanto reaparece una vieja ilusión: creer que el mercado resolverá aquello que la cultura no ha podido resolver sola. La derogación de la Ley 25.542, que establece el precio único de venta de los libros en Argentina, vuelve a instalar esa promesa. La explicación oficial es sencilla: más competencia, menos regulaciones, libros más baratos.

Suena bien.

El problema es que la realidad suele ser bastante más compleja que un eslogan económico.

Quienes defienden la derogación hablan de libertad. Libertad para que cada librería fije sus precios, para que aparezcan descuentos, promociones y nuevas formas de comercialización. Argumentan que una norma sancionada hace más de veinte años no puede seguir regulando un mercado atravesado por plataformas digitales, ventas online e impresión bajo demanda. Es una discusión legítima.

Pero una cosa es discutir la actualización de una ley y otra muy distinta es dinamitar el ecosistema que permitió que durante décadas sobrevivieran cientos de librerías y editoriales que nunca compitieron en igualdad de condiciones con los grandes grupos económicos.

Porque el libro no compite solamente contra otros libros.

Compite contra supermercados, plataformas globales, cadenas comerciales capaces de vender durante meses por debajo del costo para quedarse con el mercado. Eso ya ocurrió en otros países donde desapareció el precio uniforme: primero llegaron los descuentos espectaculares; después comenzaron a bajar las persianas las librerías independientes; finalmente quedaron menos puntos de venta, menos editoriales pequeñas y menos diversidad de autores.

El argumento de los libros más baratos también merece una pregunta incómoda: ¿más baratos para quién y durante cuánto tiempo?

Las grandes cadenas pueden perder dinero durante meses. Una librería de General Pico, de Jáchal, de Goya, de Esquel o de cualquier pueblo argentino no puede hacerlo. Una editorial independiente tampoco.

Y cuando esas librerías desaparecen, no desaparece solamente un comercio.

Desaparece el librero que recomienda un poeta desconocido.

Desaparece la mesa donde un autor local presenta su primer libro.

Desaparece el espacio donde un lector encuentra aquello que ningún algoritmo le habría sugerido.

En Buenos Aires todavía existe la posibilidad de recorrer decenas de librerías en una tarde. En el interior, muchas veces hay una sola. Y esa única librería sostiene buena parte de la vida cultural de una ciudad.

Quienes vivimos y trabajamos desde las provincias conocemos otra Argentina. Sabemos lo que cuesta editar un libro de poemas en La Pampa, publicar un ensayo histórico en Chaco, imprimir narrativa patagónica en Río Negro o sostener un catálogo literario desde una editorial de Córdoba, Mendoza o Misiones. Sabemos que detrás de esos libros no hay accionistas esperando dividendos, sino cooperativas, pymes culturales, editoriales familiares y personas que invierten más pasión que rentabilidad.

Son editoriales pequeñas que apuestan por voces que difícilmente encontrarían lugar en los grandes conglomerados; o decenas de sellos universitarios y cooperativos distribuidos por todo el país. Ninguno de ellos domina el mercado. Todos enriquecen la literatura argentina.

La bibliodiversidad no es una palabra elegante inventada por académicos. Es la posibilidad de que un lector encuentre, además del best seller internacional, una novela escrita en La Pampa, un poemario editado en Neuquén, un ensayo producido en Tucumán o una investigación publicada por una universidad pública del Nordeste.

Cuando el mercado queda librado únicamente a su propia lógica, la diversidad suele convertirse en una víctima silenciosa.

Porque el mercado no censura.

Hace algo mucho más eficaz: vuelve invisibles aquellas obras que no prometen ganancias extraordinarias.

No es casual que el rechazo a esta derogación haya unido a autores, libreros, distribuidores, cámaras editoriales y pequeñas editoriales de todo el país. Tampoco es casual que el precio único exista en países como Francia, Alemania, España o Italia, donde se entiende que un libro no puede tratarse exactamente igual que un televisor o un paquete de fideos.

Defender esta ley no significa defender la inmovilidad. Las normas pueden revisarse, modernizarse y corregirse. Lo que resulta difícil de justificar es destruir un sistema sin demostrar que el nuevo garantizará algo mejor.

Porque si el resultado final consiste en menos librerías, menos editoriales independientes y menos autores publicados, los únicos que habrán ganado serán quienes ya eran grandes antes de empezar la carrera.

Y cuando el mercado decide qué libros merecen existir, tarde o temprano también empieza a decidir qué ideas merecen circular.

Ese ya no es un problema comercial.

Es un problema democrático, social, humanitario.

INSOMNE

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